Galletas decoradas Torre Eiffel

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  Cuánto tiempo queriendo hacer estas galletas, ya hice un intento, cuando empezaba a decorar galletas con las Galletas glaseadas París. Pero esta vez es un monográfico de la Torre Eiffel. El molde que tengo de la torre Eiffel tiene más agujeros de los que me gustaría pero bueno creo que han quedado muy bonitas. Ahora tengo un dilema ¿a quién se las regalo? Tendré que pensarlo. Mientras tanto os enseño el paso a paso. Ya sabéis que hasta el día de hoy lo de decorar galletas lo he hecho de manera autodidacta. Tal vez algún día haga un curso de decoración, sobre todo para pintar galletas con pincel. Las de Frozen las hice así pero reconozco que si hubiera tenido un guía, un sensei, no hubiera estado 3 días para decorar 5 galletas. No es tan fácil como puede parecer. Así que os voy contando cosas a medida que aprendo yo misma.

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  Para hacer las galletas necesitaréis la receta de galletas de mantequilla  y glaseado real, utilizaremos blanco y negro. El glaseado blanco lo monto en manga pastelera con boquilla del 1 de Wilton y el glaseado negro lo pongo en un cucurucho de papel parafinado para tener más precisión y que salga muy muy fina la línea del glaseado. El blanco lo dejo en consistencia intermedia y una vez esté bien seco podemos proceder a decorar el enrejado. Yo dejo secar la glasa blanca de un día para otro. Es muy importante que el glaseado negro esté en su punto óptimo para decorar. Si está demasiado líquido se correrá y no saldrá un dibujo del enrejado preciso. En cambio si está demasiado denso no será elástico y os pasará que se os rizará y quedarán pegotes. Así que ya sabéis, primer paso cogerle el punto a la glasa. Segundo punto tener claro cómo queréis imitar los hierros de la torre Eiffel, planificar el dibujo y primero delinear la torre. Lo último son los cruzados. Primero las líneas horizontales y verticales y cuando haya secado un poco empezar las líneas diagonales en una dirección y del tirón de manera que con una línea cubráis dos cuadrículas. Cuando haya pasado un rato (seca enseguida al estar más denso) dibujar con la glasa las líneas diagonales contrarias. Así no se os correrá la cruz y quedará perfecta, o casi.

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  Tened a mano palillos de madera tipo mondadientes y algún alfiler, van muy bien cuando alguna línea no nos sale bien y queremos “pescar” un trozo de glaseado y repetir. Si se os queda la marca sobre la glasa blanca sólo tenéis que “rascar” un poco con la puntita de un cuchillo (yo utilizo una cuchilla de bisturí de las del hospital, más precisión imposible). Es una manera de “borrar” defectos y no desesperar en el intento de ver la galleta emborronada en blanco y negro.  También viene bien el alfiler para bajar los picos que puedan quedar al terminar de tirar una línea de glaseado.

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  Si os fijáis en las fotos no he hecho dos galletas iguales, he experimentado con el dibujo hasta hacer el que más me gustaba.

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 Esta vez los modelos los tenía en casa: un imán, fotos de la torre Eiffel, dibujos, …

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  Ah la Torre Eiffel, los campos Elíseos, el Louvre, los jardines de Luxemburgo, Monmartre, el Museé d’Orsay, un paseo por el río Sena, Nôtre Dame, el Arco del Triunfo, … ¡Qué recuerdos! La cara de mis hijas cuando vieron la Torre Eiffel, o la cara de mi hija Lucía cuando se comió una de esas exquisiteces de Ladurée. O la experiencia de ir a Disneyland París y pensar que allí viven sus personajes favoritos como en una ciudad de cuento de hadas donde los mayores nos volvemos pequeños otra vez. Es una ciudad tan bonita que volvería todos los años. La ciudad de la luz. Y es cierto, París bien vale una misa. O lo que sea.

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Tengo más de un souvenir de París de las dos veces que he estado allí.

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Colecciono tazas que me gustan y esta es una de ellas.

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Mi cocina parece la de Friens, una taza de cada manera. No hay dos iguales jejeje.

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  La verdad es que después de ver la Torre Eiffel tantas veces en películas, libros, piensas que no te va a sorprender verla, que ya está muy vista pero no es así, te quedas con la boca abierta.

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Esta es sin duda la que más me ha gustado cómo ha quedado el dibujo.

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  Y en días como hoy abro mi caja de etiquetas, cuerdas, cintas, bolsitas, … , y escarbando encuentro unas bolsas de galletas que compré demasiado estrechas y que pensé que sólo utilizaría para guardar cake pops. Y resulta que me han venido de perlas. Y esas cintas de washi tape que pienso “qué bonitas, las compro que seguro que algún día las utilizaré”. Es que yo soy la mujer del “por si acaso”. Y de “el que guarda haya”.

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  Desde que nacieron mis hijas comencé a anotar datos, fechas, fiestas, logros que poco a poco se han convertido en una serie de diarios para que el día de mañana cuando me pregunten cosas de cuando eran pequeñas no mezcle los hechos de una con los de otra o no recuerde cuándo fue esto o aquello. Después de tantos años cuando la memoria me falle y ellas sean madres, se preguntarán al ver a sus bebés cómo eran ellas de pequeñas. Supongo que me acordaré de algunas cosas y que estaré ahí para recordárselo, pero si no sólo tendrán que leer los diarios que con tanta ilusión escribía su madre. Y uno de ellos tiene una inspiración parisina. Y son como las tazas, uno diferente de otro.

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Así que he embolsado mis galletas parisinas a la espera de encontrarles un nuevo dueño.

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Pequeños paquetes de felicidad esperando despertar una gran sonrisa.

  Pues como veis, esta tarde otoñal en Valencia, con chaparrón incluido, me ha cundido mucho. He terminado de decorar las galletas. Y por fin tengo un intrincado de glaseado simulando ese amasijo de hierros tan bonito que es la Torre Eiffel.

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Bizcocho de plátano y miel

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  Mmmmm se acerca ésa época del año en que mi horno echa humo, literalmente no claro, no hay semana que no hornee un buen bizcocho para merendar o desayunar. El de hoy está especialmente sabroso, reúne todo lo necesario para un buen desayuno lleva: cereales, leche, fruta, un poco de azúcar para darnos energía, ¿qué más se puede pedir para empezar bien el día? Pues si tenéis un par de plátanos en casa muy maduros, blandos, a punto de tirar, no, no lo hagáis. Haced como yo, aprovecharlos para un rico bizcocho de plátano y miel. Sencillo, sabroso, nutritivo. Ni siquiera necesitáis sacar el robot de cocina ni ingredientes raros. La receta de hoy es muy sencilla pero muy sabrosa, seguro que tenéis los ingredientes a mano. Es uno de esos bizcochos que tanto me gustan para compartir charlando un rato con buenos amigos y una taza de café con leche. Es lo bueno que tiene que no haga tanta calor, sale mi fiebre bizcochona. Los he hecho de muchos sabores y todos me gustan. Este es más sabroso, húmedo por ese punto de jugosidad que le da la miel. Y contrarresta el fuerte sabor del plátano.

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  Para darle un punto aún más rico añadí un puñadito de nueces, ya me he comido 2 trozos de una tacada. Hace un tiempo hice uno parecido, el Banana bread, tan típico de USA. Me quedó un poco crudo por dentro. Esta es otra versión que encontré en la colección Pastelería creativa. Si queréis que el sabor de la miel sea más rico por favor utilizad una miel densa más natural, de esas que cuesta levantar la cuchara para sacarla. Yo he utilizado miel de mil flores de Mosqueruela, Teruel. Me la traje cuando fuimos a Javalambre en invierno. Y estoy deseando empezar la que compré en Asturias. Un consejo, utilizad productos de calidad, es uno de los secretos para hacer buena cocina. El azúcar lo he cambiado por uno más integral.

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Bizcocho de plátano y miel

INGREDIENTES (para 12 rebanadas de 1,5 cm):

– 300 g de harina bizcochona (con levadura química)

– 1 cucharadita o TSP de levadura química

– 1 cucharadita o TSP de canela en polvo

– Una pizca de sal

– 150 g de azúcar moreno (yo he utilizado light brown sugar)

– 100 g de nueces troceadas

– 250 ml de leche entera

– 100 g de mantequilla

– 6 cucharadas o TBSP de miel

– 2 plátanos medianos maduros

– 2 huevos tamaño M

– 4 cucharadas o TBSP más de miel para añadir al final

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  Preparar un molde tipo plum cake untado con un poco de mantequilla o aceite desmoldante. Precalentar el horno a 180ºC con calor arriba y abajo. En un cazo calentar la leche con la mantequilla y la miel y reservar. En un bol grande tamizar la harina con la levadura y la canela, luego añadir el azúcar y las nueces.

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En un bol mediano machacar los plátanos y batir ligeramente con los huevos.

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  Luego añadir la mezcla de leche, mantequilla y miel y mezclar. Verter en el bol grande y mezclar con la ayuda de una cuchara de madera.

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  No os preocupéis si os da el aspecto de una mezcla grumosa luego queda una miga esponjosa. Hornear a media altura con calor arriba y abajo a 180ºC durante unos 45 minutos. Si veis que se dora la superficie podéis colocar un trozo de papel de aluminio sobre la superficie pasados 30 minutos.

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Yo lo he hecho en un molde tipo plum cake pero podéis utilizar uno redondo también.

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Una vez fuera del horno y aún caliente verter la miel caliente sobre la superficie .

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  Os quedará aún más jugoso. Ya sabéis que me gustan las cosas antiguas, pues esta vez he utilizado una paleta y un cuchillo de tarta antigua, tan antigua como que era de la abuela de mi marido, luego de mi suegra y ahora un ratito mía, de préstamo. Este tipo de paletas son perfectas para bizcochos en moldes plum cake.

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También podéis cubrirlo con una buttercream pero yo creo que así está riquísimo.

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Es muy cómodo de cortar como si de pan de molde se tratara.

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  Con un poco de papel de estraza y una cuerda podéis preparar este bizcocho para regalar y hacer paquetes a vuestros amigos o familia. Es un buen regalo, hecho en casa, para repartir un poquito de felicidad. Mi buen amigo Carlos, parte integrante de este blog en el ámbito digamos técnico y de creación del mismo se ha llevado un trocito que llenará su espíritu a la hora del desayuno. Es una buena manera de empezar el día (cereales, leche y fruta). Porque los dulces se hacen para celebrar, para reunir, para compartir, es lo mejor del mundo.¿Venís a merendar? He hecho bizcocho de plátano!!!!! Es como rodear una hoguera, acogedor. Y ahora que entramos en otoño los días se acortan, da pereza salir a la calle cuando empieza el frío así que ¿qué mejor que juntarse con buenos amigos o con la familia alrededor de una taza humeante y un pedazo de felicidad? Nos vemos pronto.

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Macarons con forma de ostra

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  Madre mía qué verano de hornear macarons, ¿os acordáis las hornadas y formas, colores y sabores diferentes que hice? Y todo gracias a Belén de Cupcakes a Gogó y su curso en La Tallerería. Pues quedó pendiente el paso a paso de los macarons con forma de ostra así que hoy ando actualizando cosas pendientes de este verano. Si os animáis coged vuestra receta favorita de macarons y a hornear. ¿Qué crees que todos los macarons han de ser redondos? Pues no te pierdas este post con el paso a paso. Y próximamente amenazo con colgar recetas de macarons de un nuevo libro que he conseguido!!!!!!!! Atentos al blog.

  Después de los macarons veraniegos con forma de cucurucho y de polo le toca el turno a las ostras. Desde luego quedarían perfectos en un cumpleaños o fiesta marinera o de La Sirenita ¿no crees?

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  Claras frescas, una puntita de albúmina en polvo, merengue fuerte, triturado de almendra con glas y tamiz cedazo, macaronage punto lava-cinta, horno a 150ºC s/aire, media altura, 14 minutos. Una misma masa inicial que luego tinto de azul Wilton en punto de lava, boquilla pequeña para delinear y luego rellenar. Utilicé esta plantilla.

 

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Y como siempre os digo una imagen vale más que mil palabras, ahí va el paso a paso:

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  Coloca la plantilla bajo el Silpat y escudilla la masa siguiendo el modelo. Luego hornea, un consejo, no te pases con el tiempo de horno pues el color de los macarons es muy sensible y si se quema se torna un pelín verdoso por los bordes. En este caso luego no se ve pero ya sabéis, de los errores se aprende. Ahí queda eso.

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  Una vez fríos le pasamos con la ayuda de una brocha un poco de maquillaje para unificar el color y que quede un azul turquesa. Otra opción sería utilizar un tinte de ese color al hacer los macarons. Hay mejores marcas de colorantes para macarons que Wilton como Americolor pero yo no tenía ese tono y me pareció esta la mejor opción. El tono es Peacock Blue en polvo de Rainbow Dust.

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¿Veis qué tono tan bonito?

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  Para hace las perlas utilizad fondant blanco, modelad unas bolas de 1 cm de diámetro aproximadamente, montad sobre un pequeño palito y rociad con un spray aerosol como Color Mist en tono Pearl/Perla de Wilton. Para aplicarlo coloca las piezas sobre papel de horno para proteger la superficie de trabajo y a una distancia de unos 15 cm rocíar de manera constante y uniforme sosteniendo la lata en un ángulo de 45º de manera que el chorro no caiga directamente sobre las piezas. Ha de quedar uniforme y sutil, no a trozos ni pegotes. Podéis practicar un poco antes en un poco de papel. El acabado es espectacular.

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  Luego rociad también sobre las conchas de macaron para darle ese efecto nacarado tan bonito. Cuando se secó yo marqué las estrías de la superficie de la concha con un rotulador comestible azulado.

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  Rellenad los macarons de vuestra buttercream preferida, la mía era de queso Mascarpone, café y licor de Tía María, deliciosa.

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  Colocad la perla pinchando el palito y un pequeño pegote detrás para que la concha se mantenga inclinada al colocar la tapa encima. Preparad una bandeja con azúcar moreno claro (light brown sugar) o galleta picada. Colocad vuestros macarons. Como veis es sencillo el montaje pero queda espectacular.

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Parecen recién salidos del fondo del mar. Y el color vibrante, espectacular.

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Junto con los de polos y helados son los más bonitos que he hecho hasta ahora.

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Auténticos gofres belgas

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  En Navidades los Reyes Magos me trajeron una gofrera y entre unas cosas y otras no la había estrenado todavía. En las instrucciones venía una receta incluso. Miré varias recetas diferentes y casi todas eran muy similares, gramo arriba gramo abajo. Al final elegí la de mi libro de cabecera,  “Ilustrated step by step Baking” de Caroline Bretherton. Pero al hacerlos, esta vez, me llevé una desilusión. No estaban malos, estaban muy buenos y esponjosos. Pero es que no eran los auténticos gofres, no sabían igual. Y es que eran la versión americana. Como tortitas pero en placa de gofre, una masa líquida avainillada, pero no el auténtico waffle.

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  Como veis en Bruselas saben cómo adornarlos, no sabía con cuál quedarme!!!!!  En Bélgica, la mayoría de los gofres son servidos calientes por vendedores ambulantes, se toman solos, espolvoreados con azúcar glas o con chocolate. En las zonas turísticas pueden ser coronados con nata montada, fruta en almíbar o virutas de chocolate (una práctica considerada “no auténtica” por los belgas locales). Bruselas me conquistó por su Grand Place, sus gofres, sus chocolaterías, bombones, patatas fritas y por su cerveza Lambic de frambuesa del local A la Mort Subite. Por eso dice mi marido que sólo bebo cerveza en el extranjero, son las que más me gustan. Pero volvamos a los gofres.

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Gofres belgas de los puestos típicos de Bruselas

  Además de comerlos en cualquier ocasión en algún puesto de por aquí, los probé en Bruselas hace muchos años y os aseguro que estaban de muerte, auténticos gofres. He oído por ahí que la receta actual del gofre moderno es de EEUU y que los belgas sólo le pusieron el chocolate por encima. Pero en realidad fueron los belgas los que realmente lo inventaron y extendieron por toda Europa y USA.

  Como sabéis me encanta investigar, así que me puse manos a la obra en busca de la receta perfecta de gofres que saciara mi paladar desilusionado. Y mira tú por donde Pinterest siempre resulta una fuente de inspiración. Encontré una receta que decía: “Real Belgian Waffle Recipe, Liege Waffles” y que aseguraba que su sabor era auténticamente belga, crujientes y caramelizados por fuera y esponjosos y tiernos por dentro. Así que me animé a hacerlos siguiendo esta receta. Pues bien el sabor y la textura tampoco eran lo que estaba buscando. Se iban acercando pero para mi gusto era demasiado denso y pesado.

  Desde hace un tiempo sigo a Nani Mosteo del blog N.M. Galletas Artesanas que es una auténtica delicia. No os lo perdáis, sobre todo sus galletas decoradas. Cuando vi este verano su receta de los gofres belgas pensé, a ver si esta es verdaderamente la receta que andaba buscando, pues en efecto, lo es. Podéis verla aquí. Pues bien Nani seguía la receta de otra bloguera, Tina de Sugar Bean Bakers. Es la receta definitiva, después de testear varias esta es la de los auténticos gofres belgas, os lo aseguro.

  Esta receta utiliza azúcar perlado, es típico del norte de Europa. Se puede encontrar en tiendas especializadas y por internet, yo lo compré aquí. Si no tenéis podéis sustituirlo de la siguiente manera, comprar terrones de azúcar y machacarlos en un mortero o bolsa cerrada con zip con una maza hasta que queden trocitos pequeños. No se trata de que lo pulvericéis sino de que queden trocitos de medio cm o menos. Yo antes lo hacía así pero es una faena añadida.

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  Así que ahora os contaré un poquito sobre el origen del gofre (del francés gaufre). En Europa se conoce también como waffle, wafle (en neerlandés), waffle (en inglés) o wafel (en alemán). El gofre, en su versión más moderna, es de origen belga.

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Sello de madera, de Epirus, Greece, (fuente: A History of Food by Maguelonne Toussaint-Samat)

  En su versión antigua, encontramos su ancestro más remoto en las tortas de cereales que se cocinaban ya en el neolítico sobre piedra caliente.

  Luego en la Edad de los Metales se cocinaban sobre una plancha de hierro.

  Los antiguos griegos ya solían cocinar pasteles muy planos, que llamaron obleios, entre dos placas de metal calientes. Su sabor no era el actual sino más bien salado, con queso y hierbas aromáticas.

  Este método de cocción se siguió utilizando en la Edad Media por los obloyeurs que hicieron todo tipo de obleas, que eran planas o enrolladas tipo canutillo. El oublie se convirtió en la galleta en el siglo XIII, cuando un artesano tuvo la idea de forjar algunos platos de galletas que reproducen el patrón característico de los panales, que en ese momento se llamaba gaufres (Larousse Gastronomique, 2.001). Estas planchas de gofres se construyeron en dos placas de hierro con bisagras conectadas a dos largos mangos de madera. En la Europa medieval eran sólo las cocinas más pudientes las que tenían planchas para wafles, estas se hacían a menudo para imprimir patrones elaborados en la galleta, incluyendo el escudo de armas, paisajes o símbolos religiosos. Solían ser de harina de cebada y avena mezclada con agua, se podía coronar con un poco de miel. Todavía no utilizaban la harina de trigo como en la actualidad. Las tortas se cocían sobre el fuego y luego aún calientes, algunos se moldeaban en forma de barquillo o cono. Se extendieron por toda Europa.

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Planchas de hierro con mangos largos también de este material (ver fuente aquí)

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  El gofre francés (gaufre) es un tipo muy ligero de masa cocida entre dos planchas calientes de hierro. Las placas, decoradas con motivos en relieve, se fijan a los extremos de dos mangos de hierro largos, articulados entre sí. Los wafles se mencionan en los poemas de finales del siglo XII, cuando se hicieron y se vendían en las calles, en las grandes fiestas religiosas y el día de todos los Santos los vendedores de gofres fijarían sus puestos en las puertas de las iglesias y hornearían sus galletas que se comían muy calientes. Se dice que el rey Carlos IX (n. 1.550-m. 1.574) de Francia dictaminó una ley  según la cual los puestos de los vendedores debían distanciarse 4 metros unos de otros por lo populares que se hicieron. Los mejores fueron llamados metiers (Nuevo Larousse Gastronomique 1.977). La palabra gaufre, del francés antiguo wafla significa “un pedazo de colmena de abejas.”

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  Los gofres se servían en todos los escalones de la sociedad. Estaban hechos de agua y harina de mala calidad, se comían por los pobres durante la escasez de pan. Mientras los gofres para la gente común son toscos, los gofres para la clase privilegiada agregan los huevos, la leche y la miel para crear galletas delicadas y sabrosas.

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“Haciendo gofres” de Joachim Beuckelaer, 1.565

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Este cuadro del s XVI de Pieter Bruegel muestra el tamaño y aspecto moderno del gofre que ya se comía de manera individual y con la mano. La imagen la encontré aquí.

  El wafle se introdujo en América de la mano de los colonos holandeses el año 1.620. La primera mención escrita en inglés del waffle data del año 1.735, aparece con dos “f”. Antes de ser presidente de los EEUU, Thomas Jefferson fue ministro en Francia. A su vuelta a los Estados Unidos durante la Revolución Francesa, se trajo de Francia una máquina de hacer pasta y una plancha de gofres y se establecieron los waffle frolics o festivales que se dieron posteriormente tan populares en el siglo XVIII. Se servían con jarabe de arce o miel, o bien salados (cubiertos con estofado de riñón). Los esclavos recibían las sobras como un regalo especial. Este se convierte en el plato favorito del sur, pollo y gofres.

  Esta especie de galleta u oblea se sigue cocinando entre dos planchas de hierro calientes quedando un dibujo característico enrejado. Tal y como los conocemos hoy en día se empezaron a hacer a mediados del s. XVIII. En lugar de textura de galleta poco a poco se convirtió en una masa más gruesa y esponjosa. De esta manera, nuevas recetas empezarían a surgir (incorporando azúcar, vainilla, canela para aromatizar y levadura de cerveza para que leudaran) y la variedad de gofres que conocemos hoy en día empezaría a ver la luz.

  La primera plancha de gofres estadounidense fue patentada en 1.869 por Cornelius Swartwout, se colocaba encima de estufas de leña o gas.

Típico gofre de Bruselas

  Los gofres belgas, o gofres de Bruselas se dice que en realidad se crearon en Gante porque la referencia más antigua a los “Gaufres de Bruxelles” (Bruselas Waffles) se atribuye desde 1.842-43 a Florian Dacher, un panadero suizo en Gante, Bélgica, que había trabajado anteriormente con pasteleros en el centro de Bruselas. Estaban preparados con una masa con levadura (además puesto que la cerveza es la bebida típica de los belgas se dice que se le añadía a la masa levadura de cerveza para que quedara más esponjosa). Normalmente, pero no siempre, es más ligero, menos dulce y tiene agujeros más grandes que otras variedades de gofre, unos 20 y su forma es rectangular. La gofrera que se utiliza actualmente para hacerlos es más grande y profunda que los de Lieja. Se suele servir espolvoreado con azúcar glacé o crema Chantillí.

 

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Gofre de Liège

  Son fáciles de diferenciar de los gofres de Liège (en la región belga de Valonia) o Liège wafle garfees de chasse (gofre de caza) que son más densos, mullidos y dulces, y contienen el azúcar perlado que los dota de una textura más dorada y crujiente. El de Lieja es además más pequeño, más redondeado en sus puntas y tiene menos agujeros o celdillas. Fueron creados en siglo XVIII por el Chef del Príncipe-obispo de Liège. A diferencia de los gofres de Bruselas, el gofre de Lieja es una adaptación de la masa de pan brioche. Cuenta con trozos de azúcar perlado que al quemarse en la plancha caramelizan el exterior del gofre cuando se cuece. Sorprendentemente, los gofres de Lieja son el tipo más común de gofres disponibles en Bélgica. Se venden en 3 sabores diferentes – natural, vainilla o canela.

  Cada región de Bélgica tiene su propia receta.

  La versión belga del gofre fue introducida en América por Walter Cleyman en Estados Unidos en la Feria mundial de 1.962, en Seattle. Aunque los colonos holandeses los habían llevado años atrás  quien hizo famoso de verdad el gofre belga en EEUU fue el restaurador Maurice Vermersch, quien vendió sus gofres de Bruselas bajo el nombre “Bel-Gem Waffles” en la Feria Mundial de Nueva York de 1.964 en Flushing Meadows Park.   En esta Feria los Waffles belgas elaborados con levadura y masa más gruesa que la de la galleta de costumbre, causaron sensación inmediatamente, y se vendieron en  ferias del condado y carnavales. Marie Paule Vermersch, hija de Maurice, relata la historia de su madre negándose a servir tenedores y cuchillos a los clientes que pagaban en la Feria, porque no es así como se los comían en las calles de Bélgica. En lugar de gofre de Bruselas se bautizó con el nombre de gofre belga porque en América no se conocía tanto la ciudad de Bruselas, pero sí el país, Bélgica. Algunos incluso dicen que es la versión inferior de los dos. Aunque sea menos conocido fuera de su país de origen el más apreciado por los belgas es el ya mencionado gofre de Lieja. Aunque en realidad esta fuera sólo una representación pues hay más variedades en Bélgica. Como veis se inventaron en bélgica y fue un belga el que popularizó la versión moderna del gofre en EEUU.

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  Los gofres americanos actualmente se hacen normalmente con levadura química en polvo, por tanto no hace falta que leuden y la masa es más líquida, tipo pancake, pero cocinados en plancha de gofre.  Un siglo más tarde vendedores callejeros de la ciudad de Nueva York vendían gofres calientes y untados con melaza o jarabe de arce. Su popularidad los pasó de la calle a los hogares en el desayuno, acompañándolo de guarniciones pues su masa es densa pero más fina, una versión simplificada de los belgas. Actualmente se sirven calientes acompañados de salsa de chocolate, fruta, nata, … De ahí que los belgas prefieran servirlos solos o con un poco de azúcar glacé y los americanos los adornen más.

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  Desde entonces varias compañías han fabricado planchas de gofres. En 1.911, General Electric produjo un prototipo gofrera eléctrica, aunque la producción no comenzó hasta alrededor de 1.918.

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  Y después de todo este rollo vamos con la receta:

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Gofres al estilo belga (gofres de Lieja):

INGREDIENTES (para unos 10 gofres)

– 80 ml de leche entera

– 9 gr de levadura seca de panadero (liofilizada) o 18 g de levadura fresca (en porciones)

– 120 g de mantequilla sin sal

– 3/4 de TSP o cucharadita de sal

– 2 huevo tamaño L

– 280 g de harina de fuerza

– 160 g de azúcar perlado

– 1 cucharadita y 1/2 o TSP de extracto o pasta de vainilla


  Calentar la leche a 50ºC. Disolver la levadura fresca sobre la leche tibia y dejar reposar hasta que comience a burbujear (unos 5 minutos). Si utilizáis levadura de panadero se incorpora directamente en la harina. Añadir la mantequilla a la leche y derretir sin que hierva. Reservar hasta que se tibie. Batir los huevos y agregar a la mezcla líquida anterior. Aseguraos de que está tibia para que no se cocinen los huevos.

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  En el bol de un robot de cocina con accesorio de gancho amasador mezclar a velocidad baja la harina, la sal y la levadura de panadero liofilizada (si es que habéis utilizado esta).

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  Añadir la vainilla a la mezcla de leche, mantequilla y luego agregar los huevos batidos. Una vez mezclados ir añadiendo poco a poco la mezcla al bol de ingredientes secos sin dejar de batir a velocidad baja. Una ver vertida toda aumentar la velocidad y amasar durante unos 7 minutos hasta que se forme una masa pegajosa suave. Se puede hacer a mano pero es más trabajoso.

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  La mezcla parecerá bastante húmeda al principio, pero se formará una masa suave una vez amasada en el mezclador. No añadáis más harina, craso error. La masa quedará seca. Aguantar, en el amasado está el secreto de las masas levadas.

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  Dejar la masa en el bol con una toalla o film de plástico sobre ella y dejar leudar al doble de tamaño. Cerca de 1½ horas (se puede hacer la masa un día antes de tiempo. Dejar leudar y luego refrigerar en nevera durante la noche, al día siguiente sacar de la nevera y dejar reposar unos 20 minutos para quitar el frío  antes de mezclar el azúcar). Colocar de nuevo el gancho amasador y verter el azúcar perlado. Mezclar hasta que se incorpore de manera uniforme por toda la masa.

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  Separar la masa en trozos pequeños, alrededor de 100 gramos cada una. Salen unas 6 piezas grandes.

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  Calentar el molde de waffle. El azúcar comienza a arder a temperaturas superiores a 180° C. Si tu plancha de gofres no tiene un termostato de temperatura es posible que tengas que hacer la prueba de ensayo y error para ver cómo quedará mejor la caramelización sin quemarse. La mayoría de las planchas de gofres calientan mucho más, es cuestión de hacerlo al principio un poco a ojo. En el caso de moldes para horno es más fácil utilizando el termómetro del horno.

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  Retirar los gofres de la plancha con una espátula (ojo, ¡el azúcar caramelizado está muy caliente!) una vez que esté dorado, inflado y crujiente.

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  Disfrutar del gofre solo o con azúcar y canela, salsa de chocolate, crema batida, fruta fresca o tu relleno favorito.

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Crujiente por fuera y tierno pero consistente por dentro.

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Su sabor no necesita que lo adornemos demasiado.

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Al estilo belga, espolvoreados con azúcar lustre.

  ¿Sabías que el 25 de marzo se celebra el “Día Internacional del gofre”? Pues un día caluroso de septiembre también es un buen día para celebrarlo!!!!!

  SI TENÉIS ALGUNA DUDA, SI OS HA GUSTADO LA RECETA, DADLE AL ME GUSTA, COMPARTID O DEJAD UN COMENTARIO. GRACIAS POR LEER MI BLOG Y HASTA LA PRÓXIMA ENTRADA. PATRI.

Asturias, mi ruta gastronómica

  Hace semanas que quería haber subido este post pero se me acumula la faena, qué le voy a hacer. Este verano me he ido de vacaciones con mi familia y unos amigos a Asturias y a un par de pueblos de Cantabria. No os penséis que voy a soltaros un rollo y fotos en plan guía de viaje, no, esto va de gastronomía. En toda España se come muy bien, tenemos un país con una gastronomía que riete tú de la cocina francesa. Pues bien, el norte da buena cuenta de ello. Y el par de kilos que me he echado este verano también. No os voy a enseñar todos los platos típicos de la región pero sí los que he probado y me han encantado.

  Pero hoy no sólo va de dulce, que de salado también se vive. Os voy a mostrar unos platos de cuchara que aún estoy relamiéndome. Si vais a ir próximamente a Asturias y queréis comer bien, y probar platos típicos por un precio razonable no os perdáis el post. Si además queréis conocer algunos dulces típicos con más razón os quedaréis por aquí. Conste que esto es algo personal y lo que a mí me ha gustado puede que a vosotros no pero os dejo el enlace de TripAdvisor de cada sitio porque así tenéis más opiniones. Esto son sitios buenos, bonitos y baratos, si esperáis restaurantes de estrellas Michelín y cosas por el estilo seguro que encontráis otra página por ahí que os pueda ayudar. No todos los sitios donde estuvimos me gustaron pero sí la mayoría, y éstos son los que os recomiendo aquí.

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Las vistas de la casa al jardín y los picos de Europa

 Empecemos por Asturias y por la casa rural que alquilamos en la población de Dego (a 5 minutos en coche de Cangas de Onís). La casa se llama El Jornu y os la recomiendo 100%, por la atención de la casera, porque a pesar de ser un antiguo horno está totalmente restaurado y decorado con muy buen gusto. Alquilamos la casa entera entre dos parejas y un total de 3 niños. Consta de comedor, cocina completa y 4 dormitorios cada uno con baño y TV propia. Se puede alquilar la casa completa con opción a cocina o por habitaciones restringiendo el uso de la cocina a los desayunos. Justo enfrente tenía al salir del porche, y cruzar una pequeña carretera, una parcela con jardín, césped, bancos y mesas de madera, barbacoa, columpios, aparcamiento y unas vistas a los Picos de Europa. Vamos, para repetir. Muy muy bonita. Y en una zona ideal para moverse y tener todo cerca.

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La casa rural El Jornu, en Dego

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El jardín de la casa

  Este es un post para abrir el apetito, porque vais a salivar y mucho con esta entrada. Y es sólo una muestra de la increíble gastronomía asturiana.

  El primer sitio que os voy a recomendar es El Abuelo en Cangas de Onís, no sólo comimos de maravilla sino que además el trato del dueño, Juan Ramón, fue excelente. De hecho repetimos. No podéis perderos los arbeyos con jamón (guisantes), los más tiernos que he probado en mi vida, las fabes con almejas, el cordero que se deshacía en la boca e hizo las delicias de mi hija Lucía (muy carnívora ella), los escalopines al Cabrales y unos postres caseros de morirse, sencillos pero muy buenos, arroz con leche con costra caramelizada, la cuajada con miel y nueces y la mousse de queso.

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Fabes con almejas

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Mousse de queso

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Arroz con leche con costra

  El primer sitio que visitamos fue la cuna de la sidra en Villaviciosa y el restaurante que os recomiendo es Casa Milagros. Lo primero que me llamo la atención fue  el menú que constaba de 3 platos y postre. Lo mejor, la fabada, la sopa de marisco, el rodaballo y el flan casero. La sopa de cocido de los peques espectacular. Menú de adulto con 3 platos 12 € y el de niños con 2 platos 8 €.

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Fabada asturiana

  Otra población muy bonita para visitar es el pueblo marinero de Cudillero. Os recomiendo Casa Julio justo enfrente de las casitas de colores tan típicas de allí. Os recomiendo especialmente las zamburiñas (un molusco), la tabla de cachopos (una especie de libros de carne rellenos y muy grandes), el atún de temporada (en junio) o postres como el flan de leche condensada. El precio de 4 adultos y 3 niños nos costó unos 70 €. Además no podéis perderos la cantidad de tiendas de ultramarinos y hornos donde degustar especialidades de la zona.

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Zamburiñas frescas

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Tabla de cachopos

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Cachopo

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Atún de temporada

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Tarta de requesón y arándanos

  Un pueblo muy medieval que me pareció precioso y os recomiendo que no os perdáis es Llanes, qué balcones tan bonitos tienen sus casas. Para comer os recomiendo Covadonga un restaurante donde abunda la buena comida y el trato amable del personal. No podéis dejar de probar el crocante de zamburiñas y gambas, la ensalada de gula, el arroz meloso, la parrillada de pescados o el solomillo al Cabrales. Mención aparte merecen los postres: mousse de nueces y pastel de crema de Orujo. El menú de adulto son unos 10 € y el de niños 8 €.

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Ensalada de gula

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Crocante de zamburiñas y gambas

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Parrillada de pescados

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Pastel de crema de Orujo

  Fuimos también a un pueblo en los Picos de Europa pero que pertenece a Cantabria, Potes, el pueblo nos encantó, nos remojamos en el río pero sobre todo nos gustó mucho el restaurante El Cenador del Capitán.

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  De entrada las vistas son espectaculares. Que haya ganado el primer premio del concurso del cocido Lebaniego del lugar ya nos convenció definitivamente. El decorado es de lo más rústico con muchos objetos antiguos, el trato muy bueno y la comida excelente.

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  En mi vida pensé que me fuera a tomar un cocido en pleno verano y me fuera estar tan bueno. El cocido con su sopa, su garbanzos, verdura y carne estaba delicioso, pero la cosa no quedó ahí: lechazo muy tierno y un revuelto de setas acompañado de cervezas del lugar. El postre no era demasiado espectacular, probé el típico de allí, Canónigos, pero no me gustó especialmente. Para ayudar a bajar la comida nada mejor que una infusión de té del puerto con un chorrito de orujo. La comida para 4 adultos y 3 niños nos costó unos 100 €.

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Cocido lebaniego

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Cocido lebaniego, primer plato: sopa

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Cocido lebaniego, segundo plato: garbanzos de Potes, carne, embutido y verdura.

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Lechazo, carne muy tierna

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Revuelto de setas del lugar con jamón

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Canónigos, un postre a base de natillas

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Tarta de galletas, natillas y chocolate

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Té del puerto con un chorrito de orujo de Liébana

  Como veis me cuidé muy bien, no pasé hambre no. Todo ello acompañado de dulces del lugar que iba recopilando de cada sitio donde íbamos.

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Muestra de unos de tantos dulces que fui recopilando.

  Casadiella: empanadilla rectangular con nuez molida, huevo y anís., típicas de carnavales. Carbayón: pastelillo de almendra si tostar molida, más yemas con un baño glaseado. Avellanitos, muy esponjosos hechos con avellana molida. Suspiros, mantecado de mantequilla pasiega. Pixuetos: pastas típicas de Cudillero con frutos rojos. Moscovitas: combinar almendra y chocolate es todo un acierto. Botijo:

  Mención aparte merece la sidra, más natural que se comercializa en el resto de España, que es la sidra achampañada. Hay que escanciarla y verter sólo un poco, deshechando el culín más agrio.

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Sidra natural asturiana

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  Otra cosa que no podéis dejar de probar, los quesos astures más típicos: Afuega’l Pitu (literalmente, atraganta el pollo), Gamonedo, Cabrales (ambos con vetas azules), Beyos, Vidiago ahumado. Y todo acompañado de un buen pan, membrillo y sangría de sidra.


  Además de degustar productos en Asturias, me gusta en cada viaje venir cargada con productos típicos para luego recordar sabores o probar cosas nuevas. Encontraréis montones de tiendas de ultramarinos, algunas auténticas obras de arte, otras un poco “turistada”.

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Los croissants de almendra de Ribadesella no tienen desperdicio.

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Si te gustan los quesos como a mí este es el paraíso, los hay de todas formas y colores.

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Las legumbres, tan nutritivas, las tienen de lo más variadas.

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Si te gustan las mermeladas caseras tendrás donde elegir.

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Me sorprendió la cantidad de chocolates caseros que se podían encontrar.

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Otra cosa que no debéis dejar de probar son los bollos preñaos, este relleno de Cabrales.

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  En Cangas de Onís encontramos esta tienda, La Barata, si vas no saldrás con las manos vacías: quesos típicos satures, legumbres, mermeladas, dulces, sidra, orujos, embutidos, patés, …

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Como veréis, ¡será por tiendas!

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  San Vicente de la Barquera o Comillas, en Cantabria bien merece una visita a alguna de sus marisquerías así que aproveché además para comprar quesadas, corbatas de Antequera, sobaos pasiegos y demás delicatessen cántabras.

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Los sobaos pasiegos, su mantequilla, de vacas astures es espectacular.

  Espero que os haya gustado la entrada de hoy, se os haya hecho la boca agua y os hayan dado ganas de ir para Asturias a la de ya. Una zona de España que bien merece una visita por su comida, su naturaleza y su pueblos de postal. Una pequeña muestra de lo que podéis encontrar en esta tierra de Reconquista, Asturias, patria querida.

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Picos de Europa

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Típica construcción astur, el hórreo.

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Vacas, vacas, vacas y más vacas.

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Lagos de Covadonga

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Ermita de Covadonga

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Cudillero

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Lastres

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El río Sella

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Ribadesella

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Llanes

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Cangas de Onís, puente romano

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Lo más parecido a Noruega que tenemos en España.

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Polos de frutas de colores

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  Hoy hace calor en Valencia así que he aprovechado para sacar unos polos que llevaban 2 semanas en el congelador. Definitivamente hoy no enciendo el horno, hace tiempo de algo fresquito y mis hijas están encantadas con su merienda de hoy. Os aseguro que no tiene nada que ver con el sabor de los polos comerciales. Si los hacéis en casa os pasará como con los helados, ya nunca más los compraréis.

  Para la receta de hoy sólo necesitáis agua, azúcar y zumos de frutas naturales al gusto. No hacen falta moldes especiales, podéis utilizar unos vasos de plástico, unos envases de Petit Suisse o de yogures y una cucharilla como palo. Yo los he hecho con un molde de 6 polos de la cocinita de mis hijas que tienen una capacidad de sólo 30 ml cada polo. Cada polo contenía 20 ml de zumos de frutas variados y 10 ml de almíbar, separados por colores. Si vuestro molde es más grande simplemente duplicar o triplicar las cantidades. La proporción es 2:1, el doble de zumo que de almíbar para que os sea más fácil de calcular. También utilicé otros moldes de silicona tipo Calippo que compré en Ikea para el zumo que me sobró.

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  Ya había visto estos polos de colores en Pinterest pero no los recordaba hasta que abrí el libro de Polos y helados de Sandra Mangas y pensé, “este verano los hago sí o sí”. Si no tenéis su libro podéis encontrar su receta aquí.

  Lo primero que tenemos que hacer es un almíbar, podéis ver aquí la receta del almíbar básico que suelo utilizar para emborrachar bizcochos. Las frutas que necesitáis son en puñados pequeños porque pondremos un poco de cada pero en pequeñas cantidades. Yo he hecho el zumo con la licuadora. Se ha de mezclar cada zumo con una pequeña cantidad de almíbar para que quede un poco más dulce. Si os gusta aún más natural podéis hacerlo sólo de zumo, pero no quedará tan “grueso” quedará más líquido.


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Polos de colores de zumo caseros

INGREDIENTES:

– Zumo natural de frutas variadas como fresa, naranja, kiwi, mora, frambuesa (en mi caso 120 ml de zumos variados en total)

– Almíbar (en mi caso 60 ml)

Almíbar

– 100 grs. de azúcar
– 100 ml. de agua

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  Primero preparamos nuestros moldes poniendo marcas para que más o menos pongamos la misma cantidad de cada color y quede más bonito. Luego hacemos el almíbar. Calentamos el azúcar con el agua y llevamos a ebullición, cuando hierva le bajamos el fuego y dejamos 2 minutos más para que coja consistencia y el líquido obtenido sea “grueso”. Dejamos que el almíbar se enfríe y mientras preparamos zumos de colores variados con la ayuda de una licuadora o similar. Mezclamos cada zumo por separado con el sirope en proporción 2:1, es decir, el doble de zumo que de almíbar.

  Rellenamos una primera capa de los moldes con un color, metemos en el congelador y dejamos que se congele (al menos 1h, según el grosor de la capa). Pasado este tiempo sacamos del congelador y rellenamos con otro color, volvemos a congelar 1h y así sucesivamente hasta que hayamos utilizado todos los colores. Cuando hayáis puesto la segunda capa es el momento de introducir en el molde el palito o cucharilla, lo podéis sujetar con un poco de papel film como en la foto. En mi caso seguí este orden:

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1º Fresa

2º Naranja

3º Kiwi

3º Mora

4º Frambuesa

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  Pero vosotros lo podéis hacer cómo más os guste incluso bicolor sólo, echadle imaginación y buscar colores que combinen bien. Ya vis que son bien sencillos, no necesitáis moldes especiales, podéis hacerlos del tamaño que queráis. Quedan de lo más lucidores, su sabor es natural, espectacular, sin colorantes. Harán las delicias de los más peques de la casa.

  Para desmoldarlos sacar del congelador 5 minutos antes y mojar un poco el plástico o silicona bajo el grifo, tened paciencia porque si lo intentáis sacar demasiado pronto se os romperá. El que avisa no es traidor.

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Helado cremoso de moras silvestres

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  Llevaba unos días con este post en la recámara porque visto el cambio de tiempo en Valencia estas dos últimas semanas casi no me apetecía encender la heladera sino el horno. Pero este fin de semana ha hecho un calor que para qué. Otra vez en modo frío que me pongo. Que aquí en Levante el verano es muuuuuuyyyy largo. Y aunque he renegado un poco porque el calor ha sido sofocante estos meses, ahora hace una temperatura ideal para seguir disfrutando de polos y helados y al mismo tiempo volver a encender el horno.

¡La cosecha!

Esta es de la cosecha de hace unos años, como veis repito todos los veranos.

  Si hay un libro de helados deliciosos, con fotos preciosas y muy apetecible que he descubierto ése es Polos y helados, de Sandra Mangas, la bloguera al frente de La receta de la felicidad. Esta receta podéis encontrarla en su blog también.  Aprovechando la cosecha de moras tan buena que conseguí en Viver este verano hice mermelada casera de moras silvestres que resulta ser uno de los ingredientes de esta delicia.

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  Lo bueno de vivir junto al campo es poder disfrutar de productos frescos, recién cogidos, naturales. Con esta materia prima sólo puede salir algo bueno. Ése día recogimos una buena cosecha de moras, setas de chopo, higos, y nos trajimos pimientos rojos, manzanas y tomates de huerta. Vamos que no se puede pedir más.

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Un color absolutamente naural, sin colorantes, ni conservantes.

  Vamos con la receta, ya sabéis que utilizo la heladera de Lidl. Bien es sabido que me encantan los frutos del bosque, pues las moras también tienen su momento. En agosto y septiembre recogemos un par de kilos de moras silvestres y todos los años hago mermelada casera. Lo ideal es que estén maduras pero aún firmes. Esta vez le he dado un uso diferente a las moras, me han servido de base para esta delicia de helado. Si no tenéis mermelada casera de moras podéis hacer el helado con alguna comprada pero aseguraos que sea de buena calidad. También preparé el sirope de moras casero y una vez tuve estos dos ingredientes caseros me puse manos a la obra, que luego hecho esto es coser y cantar. Recordad para montar la nata que ha de estar bien fría. Yo además meto el recipiente y las varillas 15 minutos en el congelador. No está de más añadir un poco de estabilizante de nata para evitar que tienda a volver a su estado líquido. No es imprescindible pero viene bien. Para ver más consejos sobre cómo montar la nata pincha aquí y disfruta de un postre al que también le van muy bien las moras, la Pavlova. El estabilizante lo puedes encontrar en sobres individuales en Lidl de su marca Belbake o en ForMyCake al peso. Creo que ahora venden también en el supermercado de la marca Dr. Oetker.

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Helado de moras silvestre

INGREDIENTES:

– 350 g de mermelada de moras casera

– 500 ml de nata para montar mín. 35’1 % de materia grasa bien fría

– La mitad del sirope de moras

Sirope de moras

– 350 g de moras silvestres

– El zumo de medio limón

– 2 cucharadas o TBSP de azúcar

– 1 cucharadita o TSP de maizena

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  Lo primero es preparar la mermelada y el sirope de moras. La mermelada para hacerla puedes clicar aquí. Y para hacer el sirope seguiremos las instrucciones de Sandra. Poner los ingredientes en un cazo reservando sólo la maicena. Cocer durante 20 minutos, remover de vez en cuando. Agregar la maicena y remover hasta que espese un poco. Pasar por un colador fino y dejar enfriar.

  Montamos la nata con varillas eléctricas y añadimos la mermelada de moras y la mitad del sirope. Mezclamos con la ayuda de una espátula con cuidado que no baje mucho la mezcla y refrigeramos toda una noche en la nevera. Dejamos también el resto del sirope en nevera. Yo aprovecho para meter en el congelador los contenedores de mi heladera. Y al día siguiente la mezcla del helado gana en sabor.

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  Pasado el tiempo de reposo manteamos siguiendo instrucciones del fabricante y vamos vertiendo en un recipiente alternando helado con cucharada de sirope. Para adornar podemos colocar unas moras en la superficie. Y congelar un par de horas. Es un poco laborioso pero merece la pena. Casero, sin artificios y delicioso. Antes de consumir dejar unos 10 minutos que se descongele un poco.

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¿Qué? ¿Os animáis?

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A mí me ha conquistado.

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Fresquito, cremoso, natural y con extra de fruta recién recogida, ¿qué más se puede pedir?

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